Señor Márquez:
Alguna vez me sentí como usted: petrificado e indefenso ante la opresiva presencia de la absoluta belleza femenina.
Que sensación de secreta complicidad con uno mísmo y también de sórdida impotencia, que vértigo tan sutíl... Que delirante e inútil ejercicio: Buscar una excusa para presentarse de manera coherente y directa ante un prodigio genético... Mientras en el alma, en la sangre y en la mente tres estruendosas tormentas se encuentran dejando a uno enmedio de una penosa y violenta deriva tragando agua salada, tratando sólo de sacar la cabeza fuera del agua para poder respirar.
Y que juego tan imprudente futurear, desdibujar con ojos furtivos la exquisita silueta contigua de lo incierto, lo sexual, lo inconexo... Lo que pudiese ser pero nunca lo será por este hielo que congela nuestra lengua, que deja inerte nuestro juicio.
Por ese confuso continuo que se resquebraja nublando nuestro atino, desmoronando nuestro aplomo; La mano invisible del destino que nos mantiene inmóviles atornillados como una tabla en nuestro lugar, mas sin embargo abre el cultivo de febriles ansias y atorradas reflexiones.
Hoy pienso con algo de pena, ¿Que habrá sido de aquella bella durmiente, de aquél inolvidable vuelo allá por el 82?
Debe de ser abuela para estas fechas.
Y usted y yo tan preocupados...